Educación

Con cariño para los nostálgicos de la educación “de antes”

Rafael Rivero / Periodista

El pasado 16 de septiembre visité dos escuelas públicas. Ese día todos los docentes de Venezuela debían acatar el llamado gubernamental de reinicio de labores administrativas. 

La primera escuela a la que fui, nobleza obliga, fue donde estudié primaria, hace unos cuarenta años. Allí solo estaba Manolo, el vigilante, un señor de más sesenta a quien conozco de toda la vida. Él solo, ni un docente. Me dijo que era imposible reiniciar nada allí, dado que ni electricidad ni agua había.  Eché un vistazo a la que en mis tiempos fue una institución modelo: maleza desbordada, paredes enmohecidas y un aspecto general de ruina y abandono.

Luego fui a otro plantel oficial, ubicado un poco más allá, en el barrio vecino de la urbanización donde me crié. Haciéndome pasar por un padre que deseaba inscribir a su hijo en el liceo, hablé largo rato con la directora, una mujer en evidente combate con la pobreza extrema. Me dijo que de veinte profesores que quedaban en nómina, ese día solo se habían presentado seis.  Esperaba -acotó- que en los días siguientes se fuesen reincorporando otros. “Éramos cuarenta”, precisó.

Le referí acerca del anunciado aumento salarial acordado entre las organizaciones gremiales y el gobierno, que elevaría los sueldos docentes al equivalente de 7 a 11 dólares mensuales, desde la categoría I a la IV, y comentó: “Ojalá sea cierto”, en un tono de como si cobrar 10 dólares al mes fuese una gran esperanza.  Al rato, al percatarme de que la directora y un obrero del plantel se disponían a almorzar, me despedí, no sin antes alcanzar a ver el condumio: pan canilla relleno con cambur.

Cuento estas impresiones sin ánimo de ofender a nadie, más bien conmovido y apesadumbrado. Tengo la edad suficiente para conocer las dos versiones históricas de un país: el antes y el ahora. Porque según mis borrosas memorias de infancia, las maestras del antes, también de escuelas públicas, eran gente muy bien puesta, y, en algunos casos, hasta de cierto empingorotamiento. “Casi todas tenían carro”, corrobora mi madre, quien a sus setenta y nueve años conserva una lucidez envidiable. “La maestra Rosita, que te dio a ti primer grado, y era directora de la escuela en esa época, era la mujer más emperifollada del mundo”, me completa.

Petrodólares que no volverán

Lo que devuelve el recuerdo de mi mamá es memoria y nostalgia de una nación empalagada con las mieles del boom petrolero de los setenta y ochenta, décadas en las que los sueldos de la administración pública eran, en muchos casos, hasta mejores que los del sector privado. “Eran cargos muy competidos, porque traían aparejados no pocos beneficios contractuales”, me confirma una vecina, Laura Rincón, ex directora de escuela pública, jubilada, y quien vive, a sus sesenta y pocos, de alquilar habitaciones de su casa y de lo que le envía una única hija radicada en España. Su pensión: menos de tres dólares al mes.

Por eso es interesante ver los presupuestos nacionales para educación y prorratearlos con la población total del momento: años sesenta, setenta, ochenta. Uno se sorprende ante la ingente inversión per cápita del Estado venezolano.  No obstante: fue un dinero echado al traste, entre otras razones porque fue incapaz de formar ciudadanos lúcidos, conscientes y preparados para defender el régimen de libertades que disfrutábamos.

Por el contrario: muchos de esos centros de estudio, financiados con petrodólares, fueron nidos de conspiraciones contra la democracia. ¿No fueron bastante eso las universidades nacionales?  De aquellos polvos vinieron estos lodos. Fue como si una gran entropía se comiera por dentro a un sistema que de todas maneras estaba destinado a autodestruirse.  En pocas palabras: la fuente de recursos que financiaba el sistema educativo, la industria petrolera, fue echada abajo por los mismos que se formaron intelectualmente en ese sistema gracias a esas fantásticas cantidades de petrodólares.

Y como durante años fui periodista de la fuente petrolera, sé bien que recuperar taladros y pozos lleva tiempo y dinero. Si en este momento, justo ahora, ocurriera un milagro y se recomenzara esa recuperación, aún faltaría mucho para alcanzar el tope de producción de aquellos años fastuosos.  Y se llegaría, muy probablemente, cuando ya los automóviles eléctricos transiten por las carreteras del mundo. No es descabellado entonces pensar que quizá el grueso de las reservas de hidrocarburos de este país se quede en las profundidades del subsuelo. Francisco Monaldi, economista experto en hidrocarburos, le dijo recientemente a la colega Marianela Palacios, en una entrevista publicada en el portal Cinco8: “Venezuela no explotará ni cinco por ciento de sus reservas de petróleo”.

Allá el que se niegue a la realidad: aquí jamás volverá a haber una renta petrolera como la de antaño, ni modo alguno de financiar, desde el gobierno, la educación pública. A menos, claro, que los sueldos de los docentes sigan siendo de unos 10 dólares al mes.

Estemos claros

No es el asunto de la vacunación. No es al menos el que realmente está determinando la corcoveante reanudación de clases luego de casi dos años de pandemia y de agravamiento de la crisis humanitaria. Vacunar, a todas luces, no es algo imposible. Ni siquiera el deterioro físico de los planteles me parece razón de peso: si existe motivación es posible ver clases incluso a la sombra de un árbol.  Lo que sí es clave, el verdadero problema, es el de los salarios de los docentes, que en este momento solo existen en el plano simbólico. 

No hay, ni habrá, manera, en muchos años, de que el actual gobierno, o los que le sucedan, puedan cumplir con la exigencia de los sindicatos de maestros y profesores de un sueldo digno estimado en 600 dólares mensuales. Las cuentas no cuadran, ni cuadrarán por mucho tiempo. Quizá nunca más.

Esto explica el dramático abandono laboral docente: 50% de la nómina del Ministerio de Educación, de acuerdos con cálculos extraoficiales, porque, por supuesto, no hay información oficial.  Riadas de maestros rumbo al exilio o al cambio de oficio, la mayoría de estos últimos en el campo de la informalidad. Y buena parte de los que persisten en ser docentes de educación pública son los graduados en las llamadas micromisiones. Lo hacen porque mantienen un compromiso político-partidista. No están bien capacitados ni auténticamente motivados para enseñar, que es el meollo de este asunto.  Esto no es cuestión del esquema tal o cual, que si del 7×7, que si de la semana radical, que si de la flexible. Allá quien quiera seguir jugando el juego del gobierno, pero el punto, aunque ciertamente despejado por el efecto de la pandemia, es que ya, desde antes del virus chino, aquí ya no hay, ni habrá por mucho tiempo, eso que conocimos como educación pública.

Sé que incomodo con esta afirmación tan tajante. Pero cómo se hace. Creo también, sin embargo, que quizá todo este desastre pedagógico es positivo para Venezuela y sus hijos. Porque la otra cara de la moneda es que este deslave de la educación pública -y de buena parte de la privada: al menos 1 mil 500 colegios han cerrado en los últimos cinco años- le ha allanado el camino a una realidad promisoria: una que muestra a los venezolanos buscando, y encontrando, soluciones por sí mismos.  Un equipo de jóvenes investigadores de la ONG Un estado de Derecho (UeD), dirigidos por el profesor Antonio Canova, estudia esa realidad.  Una que, por lo demás, no es nueva ni única; pero sí angustiosamente ignorada por la mayoría de los especialistas en educación de todas partes, y que ha sido descrita con hermosa rotundidad por el profesor inglés James Tooley en su libro El Bello Árbol.

Hablamos de realidad, ya no de ficción. De una realidad que reclama todas sus letras para ser nombrada: libertad educativa. Y que se manifiesta, como un orden espontáneo, en el surgimiento de emprendimientos particulares de enseñanza que abren las puertas a la multiplicidad de opciones, de calidad, y a la soberanía individual en materia de aprendizaje.

Es asombrosa la reproducción masiva, en los últimos años, en todo el país, de este fenómeno no planificado que está comenzando a paliar la desgracia de una educación pública prácticamente inexistente.

Caminando, indagando, me he conseguido maestras (“educadoras”, me corrigió una de ellas) que enseñan en sus casas hasta a treinta alumnos en las llamadas tareas dirigidas o centros de reforzamiento pedagógico.  Estas cifras convierten a estos lugares, casas de familia con espacios habilitados para ello, en escuelas no reconocidas; donde no obstante se materializa una intensa labor educativa, acaso la más importante en medio de esta crisis sin precedentes.

“Nos hemos encontrado con muchachos de sexto que no saben cosas de primer grado. Somos nosotras las que estamos intentando resolver ese problema”, me dijo otra de estas educadoras emergentes, acodada en el enrejado de su vivienda, donde además de vender café artesanal lleva a cabo su gesta civilizadora a razón de cinco dólares semanales por cada niño atendido.

Y así como ella hay miles, quizá decenas de miles, en cada rincón del país. Son, en muchos casos, las ex asalariadas del sistema público (están en nómina pero perciben un sueldo ridículo) que descubrieron un espacio para la educación verdadera y se están poniendo de acuerdo directamente con los padres para precisar cuánto cuesta ese trabajo.  Están creando soluciones mientras la educación gubernamental sigue en lo suyo: produciendo dificultades.

Para muestra una crónica

“La niña que aprendió a leer en pandemia” es una historia perfecta para mirar lo que hay que mirar. Se trata de un extraordinario reportaje publicado en el portal Prodavinci, escrito por Indira Rojas. Narra todas las vicisitudes que tuvo que afrontar Jamcke, una niña de nueve años, del barrio La Lucha, al este de Caracas, a quien le costaba mucho aprender a leer.

El lector se percata, sin dificultad, que ello obedecía en buena medida a la serie de trabas y al poco, o nulo, empeño por enseñar de su escuela pública, aquejada por problemas de todo tipo.  Su abuelo, preocupado, la inscribe en clases particulares. Al instante ocurre el milagro y todo aquel que, como yo, se sumerja en ese relato, no tiene más que conmoverse ante la alegría de Jamcke y de su familia con esta conquista capital: nada menos que saber leer. La puerta hacia el saber. 

Y es por este tipo de testimonios y hallazgos que UeD, organización comprometida con los valores de la libertad individual, cree que este brote de “tareas dirigidas”, inexplicablemente ignorado e incluso desacreditado por los “especialistas”, constituyen la evidencia, y la semilla, de la libertad educativa en Venezuela. 

“Es una enorme posibilidad, una solución realista, inmediata, a la crisis de enseñanza que sufre el país”, le escuché decir a Canova en su controversial programa de YouTube, Viernes de Disrupción, en el no menos polémico episodio titulado incómodamente “Los pobres odian la educación pública”.    

Lo que veo con estos centros de reforzamiento, de desarrollo pedagógico, y sus distintas variantes, es un mismo patrón: el de las personas resolviendo por su cuenta, al margen del Estado. Esto que llamamos genéricamente “tareas dirigidas” se trata, y con infinidad de pruebas en mano, de una opción de aprendizaje adaptada a las posibilidades económicas de los padres y a la necesidad particular de cada niño. Es, sobre todo, un fenómeno autosostenible que está logrando educar a los niños sin subsidios de ningún tipo y en las peores condiciones de crisis humanitaria del momento, en las que ni las escuelas del gobierno ni sus franquicias privadas han logrado mantenerse en pie y solo acumulan gastos y entorpecimiento a cambio de un aprendizaje nulo. 

UeD también ha avizorado allí, como añadidura indispensable, la necesidad de promover los mecanismos de certificación del aprendizaje que están adquiriendo los niños y adolescentes en estos centros, hasta ahora no reconocidos, y darles el respaldo y la validez social necesarios. Eso sí: sin que el Estado tenga nada que ver.

Por último viene a mi mente el leitmotiv de la Ópera de Tres Centavos, compuesta por Bertol Brecht: “Qué necesidad hay de complicar tanto la vida, si ya de por sí tiene su dureza innata”.  En fin, que yo también estoy convencido de que si simplemente se favoreciera la libre acción humana, la educación venezolana saldría, en un dos por tres, del profundo abismo a donde la han arrojado tantas y tantas imposiciones.

@rafarivero007

Comparte este articulo

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *