Educación

El padrino mágico que sacó a Samuel Andrés del limbo educativo

Rafael Rivero/Periodista

Pese a todo lo bueno ocurrido a @SamuelAndresmr desde que en enero saltó a la viralidad con el tuit en el que vendía sus dibujos por un dólar, hasta hace apenas semanas uno de sus más grandes problemas seguía sin solución: la escuela donde había estudiado antes de tener que irse a Colombia con su mamá, a su regreso le complicaba (por no decir le negaba) la reincorporación.

Pero este problema, del cual pendía el futuro del mini influencer “aspie” que este 13 de julio cumple quince años, lo resolvió Zaisd Lugo, quien muy recientemente, el mes pasado, le otorgó una beca para estudiar en el colegio Pablo Neruda.  

Sobre este noble gesto, y sobre las verdaderas ganas de ayudar al prójimo, es que trata esta historia.

“Yo también tengo un hijo con síndrome de Asperger y quizá por eso entiendo mejor que otros situaciones como esta”, dice @zaisdlugo, copropietario y director administrativo de la conocida institución barquisimetana donde @SamuelAndresmr comenzará clases en octubre.

“A los muchachos que tienen estas condiciones les cuesta conseguir donde estudiar, con mucha frecuencia son rechazados. Pero en el Pablo Neruda ya tenemos experiencia en la materia y además les damos mucha paciencia y amor. Mi hijo César Miguel, de diecinueve años, fue diagnosticado con Asperger cuanto estaba en cuarto grado y el año pasado se graduó de bachiller aquí en el colegio”, manifestó Lugo, poniéndole punto final, feliz, a un caso que interesó a medio mundo tuitero y que tuvo muy angustiada a Magdalena Rodríguez, la madre de Samuel Andrés, desde que se regresó, con él, de Colombia.

No, no y no

La Zona Educativa del estado Lara, la máxima dependencia gubernamental del estado, había dado varios “no” rotundos a los intentos de Rodríguez por reincorporar a @SamuelAndresmr al plantel donde había estudiado antes de tener que irse al país vecino en 2019: la escuela Doctor Pablo Acosta Ortiz, ubicada en la zona centro este de Barquisimeto. 

Él tuvo que abandonar abruptamente sus estudios de primaria, quinto grado, a causa del apagón nacional de principios de 2019. Ese año -cuenta su mamá- tuvo que iniciar un largo e incómodo viaje que lo llevó a otras tierras, a otras gentes y a otro tipo de dificultades.

“Él entró en crisis aguda, estar tanto tiempo sin luz trastocó su rutina y tuvo dificultades para asimilarlo. Se puso extremadamente flaco y deprimido. Por eso fue que en esos días decidí irme con él a Colombia, no sin antes avisar en la escuela, por escrito, que nos íbamos de emergencia”, relata Magdalena Rodríguez, de 38 años, a quien me encuentro sentada al lado de su puesto de venta de ropa y chucherías, en la céntrica avenida 20, justo frente al McDonald´s del cruce con la calle 23.

 

Foto: @Rafarivero007

Es obvio que para ella no ha sido fácil, sin apoyo marital y en medio de una crisis humanitaria sin precedentes, la crianza de tres hijos; pero sobre todo la de Samuel, el del medio, puesto que debido a su condición requiere una costosa dieta, alta en carbohidratos, por encima de los cien dólares mensuales.

Fue en busca de ese dinero -expone Magdalena Rodríguez- que el 28 de marzo del 2019 tomó a @SamuelAndresmr y arrancó en un viaje desesperado y sin muchas perspectivas de éxito. Sus otros dos hijos, el mayor y el menor, quedaron en Barquisimeto en casa de la abuela donde actualmente residen todos.  Y basta imaginar esa travesía, incómoda y difícil, a través de la peligrosa frontera colombo-venezolana, para que a cualquiera se le pongan los pelos de punta: una madre sola, con poco dinero y con un niño Asperger que en ese momento tenía doce años, rodando en autobús hasta Guasdualito y, de ahí, siguiendo a pie por todo el llano colombiano, día y medio de caminata y de tomar “colas” con camioneros y motorizados desconocidos que le hacían ese favor, hasta llegar a Puerto López, en El Meta, donde -le habían dicho- existían mayores posibilidades de conseguir trabajo.

“Claro que ese viaje no fue nada fácil para ninguno de los dos, aunque yo tenía el cuidado de detenernos a descansar a cada rato. Esa zona es muy caliente y en ese trayecto la sed se vuelve insoportable; pero aparte de eso la verdad es que en Colombia nos fue relativamente bien”, rememora.

“De inmediato comencé a trabajar en un restaurante y a Samuel Andrés lo aceptaron sin problemas en una escuela pública donde terminó el quinto grado. Hasta le asignaron una ´maestra sombra´ que estaba dedicada exclusivamente a él. Después conseguí un trabajo mejor en un cyber café, donde estuve varios meses, hasta el 28 de diciembre de 2019, cuando tuvimos que regresarnos a Venezuela, porque a causa de un robo en el pueblo, los paracos, los que mandan en toda esa zona, nos dieron cuarenta y ocho horas a todos los venezolanos para abandonar el lugar. De todas maneras ya yo había decidido devolvernos: había mucha hostilidad contra nosotros ´los venecos´, como nos dicen allá”.

De calvario en calvario

De vuelta a Barquisimeto, de donde había estado fuera exactamente nueve meses, Magdalena Rodríguez continuó la batalla por sostener a sus hijos. Al inicio de la pandemia, cuando la actividad laboral estaba casi totalmente detenida, trabajó limpiando casas, a veces cobrando no en metálico sino en comida (arroz, pasta, harina de maíz y trigo) como ya se ha hecho costumbre en medio de una crisis sin precedentes.

Desde los primeros días de enero 2020, a poco de su regreso, comenzaron sus viacrucis a la mencionada Zona Educativa para intentar que @SamuelAndresrm volviera a su escuela de siempre. De entrada se encontró con la primera negativa, pero como ese año lectivo ya iba muy adelantado y de pronto se desencadenó la emergencia sanitaria mundial, se resignó a que su hijo perdiera ese año.

Entre agosto y septiembre, para el nuevo período escolar, hizo las mismas diligencias, con los mismos resultados infructuosos. Las autoridades negaban el reingreso al no aceptar los documentos del tiempo que Samuel Andrés estudió en Colombia, donde había empezado a cursar sexto grado. 

De acuerdo con lo que una funcionaria de la Zona Educativa le comunicó a Magdalena Rodríguez, la orden del Ministerio es que los que vienen de regreso de otros países retomen los estudios donde los dejaron. A esto último -añadió- su hijo se negaba tajantemente. Lo considera una tortura: volver a quinto grado y con niños dos años menores que él. 

Al final fue una lamentable derrota, pues no se le permitió el ingreso al curso siguiente y, como he dicho antes, @SamuelAndresmr perdió otro año más. 

Igual ocurrió a lo largo de todo 2021, con todo y que el año comenzó deparándole viralidad al tuit de los dibujos a un dólar, la casa y la bodega para su mamá, y la mantequilla de maní para él. 

A menos de veinticuatro horas del boom en redes, Oscar Olivares, director de la Academia Olivares, una reconocida escuela virtual de dibujo, anunció que le otorgaba una beca a Samuel Andrés para empezar de inmediato. Al hacer el anuncio, @Olivarescfc enfatizó que su empresa no solo enseña técnicas artísticas, sino también cómo generar ingresos y vivir del arte.

El hecho es que, entre tanto, la mamá de @SamuelAndresmr hacía nuevos intentos por solventar el problema en la Zona Educativa y volvía a estrellarse con la misma pared infranqueable: no había forma de que su hijo se reintegrara al sistema escolar público. Ahora le esgrimían un nuevo, pero de algún modo ya viejo, argumento; que a él se le había pasado la edad para el sexto grado y no era adecuado que estuviese en clases con niños más pequeños. Era el fin definitivo de todos los intentos por esta vía. Hubo otro pretexto, relacionado con su condición “aspie”, pero Magdalena Rodríguez prefiere desecharlo en el pipote de las insensateces.   

Tampoco era posible una escuela privada. La mamá de Samuel Andrés no gana lo suficiente como para costear una mensualidad. Además, hubo otro problema: una parte gruesa del dinero que provino de la venta de los dibujos y de muchas ayudas monetarias aportadas por los llamados “padrinos mágicos”, como el tuitero llama a sus benefactores, fue estafado por una persona que se aprovechó del momento y de la confianza de la madre larense.

Así es que en esta parte de la historia no es fácil aguantar la tentación de calcular cuántas mensualidades de colegio privado se hubiesen podido pagar con la cantidad estafada, unos mil seiscientos dólares. Más o menos un bachillerato completo y otro por la mitad y todavía sobraría un poco. Pero la realidad a veces se torna dura y es necesario asumirla y lo cierto es que de esa primera oleada de recaudación, el niño solo pudo beneficiarse de unos ochocientos dólares que ya se gastaron, íntegros, en su dieta de carbohidratos. 

La educación de Samuel Andrés parecía quedarse en el limbo. Lucía obvio que ya no tenía ningún futuro académico. Fue justo ahí, en ese momento sin esperanzas, cuando Zaisd Lugo, fundador y líder, junto a su hermana, del colegio Pablo Neruda -ubicado a cuatro cuadras de la humilde casa de los abuelos Rodríguez- leyó la historia de @SamuelAndrésmr en las redes sociales y le escribió: “Dile a tu mamá que por favor se acerque cuando pueda al Colegio Pablo Neruda, que hemos decidido darte una beca”.   Samuel Andrés y su madre saltaron de alegría: era el fin de una historia de mil dificultades. Cuando se reincorpore, en septiembre, habrán pasado dos años desde la última vez que pisó una escuela.

Perdiendo también se gana

Para escribir este reporte, muy interesado en esta historia puesto que colaboro con Un estado de Derecho (UeD), una asociación civil que actualmente investiga la realidad del derecho a la educación en Venezuela, visité ambas escuelas, las cuales están separadas apenas por media cuadra, en la carrera 25 con calle 14, del centro este de Barquisimeto. La Unidad Educativa Doctor Pablo Acosta Ortiz, donde Samuel cursó primaria, es una construcción estupenda, grande, bien terminada y con una magnífica cancha de baloncesto. Ocupa casi media manzana, pero es un edificio sucio, descuidado, con la pintura vieja y manchada. Está construido en un estilo arquitectónico de los años cincuenta, tipo Pérez Jiménez, y pese a que en el interior hay un bonito patio, más o menos presentable y con una enorme y agradable palmera, pienso que debe ser deprimente estudiar ahí.

 

Foto: @rafarivero007

Veo el ambiente lúgubre e imagino el ánimo de maestras mal pagadas, maltratadas por el sistema estatal, enseñando sin mucho entusiasmo, como ocurre en todas las abandonadas escuelas públicas del país (y quizás del mundo, como lo demuestra con datos rigurosos James Tooley en su libro El Bello Árbol, un documentado análisis de contraste entre la enseñanza pública y la privada) y empiezo a sospechar que Samuel Andrés salió ganando al ser rechazado reiteradamente en esa institución.

 

Foto: @rafarivero007

Luego camino un poco más allá, hasta el colegio Pablo Neruda. Me asombra que el edificio también se ajuste tanto a lo que describe Tooley en El Bello Árbol. Esta escuela privada cuya mensualidad son 20 dólares, un monto considerado de bajo costo para el estándar educativo venezolano, está asentada en una antigua casa familiar de dos plantas. Es mucho más pequeña que la Pablo Acosta Ortiz, pero es un lugar limpio, pintado con colores alegres e irradia un no-se-sabe-qué de confort y modernidad. Pienso que no debe ser nada deprimente estudiar aquí y ya no tengo dudas de que Samuel Andrés salió ganando con todo este enredo.  Imagino sus próximos años, estudiando en este lugar tan luminoso y agradable y con profesores enseñándole con entusiasmo (dado que reciben el incentivo espontáneo y correcto) y le doy gracias a Dios, a pesar de los pesares, de que hubiera sido rechazado tantas veces de la escuela que está un poquito más allá.

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