Educación

Maestras que bostezan mientras hacen ganchillo

Rafael Rivero / Periodista

Desde sus primeras páginas, El Bello Árbol del profesor inglés James Tooley cobija al lector bajo una imagen poderosa: una que pone en evidencia cuán profundas son las raíces de la mentalidad estatista en el mundo entero. 

Me refiero a los párrafos donde Tooley alude a un laureado economista que habla sumariamente, y en términos peyorativos, del fenómeno de los pobres del mundo abandonando el sistema público en masa y buscando alternativa en un sistema de educación privada de bajo costo creado por sí mismos.

La imagen no es poca cosa, entre otros motivos porque el economista en cuestión es nada más y nada menos que Amartya Sen, Premio Nobel y reconocido entusiasta de las causas de la gente de bajos recursos.

Pese a sus innegables dotes de analista en temas del desarrollo, Sen no pudo ver lo que Tooley sí vio y en un parpadeo: el significado trascendental de este fenómeno, algo que quizá contenga el suficiente plutonio radiactivo para detonar las bases de una vieja manera del ver el mundo. O una nueva Rebelión de las Masas, esta vez en el buen sentido de la palabra.

La nuez moscada del asunto es que la gente de bajos recursos, que somos el noventa por ciento de la población mundial, se está dando cuenta de que para triunfar en el mundo de hoy en el aspecto profesional (o el de la mera supervivencia) es esencial una buena educación y esta, ya es obvio, hay que conseguirla por sí mismos, porque la que obsequian en los planteles de los gobiernos solo te educa para perdedor. O quizá para cosas peores.

Sobre esta última y quizá incómoda afirmación, valga la intromisión de una anécdota personal: Hace unos doce años tenía yo una novia que era profesora de bachillerato en un barrio popular aquí en Barquisimeto. Al poco tiempo me di cuenta de que ella prefería pasar las tardes conmigo o con las amigas antes que con sus alumnos y le pregunté si no le daba remordimiento dejar de enseñar a esos muchachos. Su respuesta, apodíctica, todavía hoy me retumba en los oídos: ” ¿Para qué, si todos esos muchachos van es para malandros?”.

A muchos les chocará esa condena sumaria de la educación básica, al menos en Venezuela. Muchos tendrán buenas anécdotas de su paso por escuelas y liceos públicos en el país. Quizá eso podría afirmarse de los años sesenta, setenta y ochenta, cuando la renta petrolera permitía alimentar esa hidra de mil cabezas, que sin duda tampoco alcanzó nunca buenas cotas de calidad. Pero una vez destruida la riqueza petrolera por obra y gracia de quien ya sabemos, la educación pública en Venezuela es inviable.

No hay dinero para un buen incentivo laboral a los maestros, no hay dinero para el mantenimiento de los planteles y lo que hay solo alcanzaría para una educación, en efecto, de seguros perdedores.

La propuesta de Amartya Sen para enfrentar este terrible escenario sería sin duda muy filantrópica; es decir, más dinero de los organismos internacionales para subsidiar la educación pública. Tocaría decirle que ni se ocupe, porque sabemos que ese dinero no llegaría donde debe y de seguro aparecería alguna manera muy creativa de apropiárselo, de convertirlo en dinero privado. En ese sentido en Venezuela sí que ya tenemos una buena educación empírica, expertos en las diferentes manifestaciones de la corrupción administrativa.

Pero lo más patético de todo esto es que cuando la gente de bajos recursos comprende que para dejar de serlo necesita apropiarse de un saber verdadero y busca alternativas, se vuelve a topar con el Estado, que muchas veces adquiere el carácter de viejo enemigo. En el libro de Tooley vemos a ese personaje detestable, el funcionario, el supervisor, el inspector del gobierno que entromete sus narices en la escuelas privadas, no para cerciorarse de que todo marche bien, sino para que, en palabras del recién nombrado vicerrector de la Universidad de Buckingham, “lo hagan feliz”. E irónicamente, esa es la traba menor, porque este personaje suele ser feliz con poca cosa, con solo un puñado de dólares, como el título de una vieja película del oeste.

La traba mayor, casi invencible, es de otra índole, profunda, trascendental, ideológica, de mentalidad condicionada. Esa misma que le impidió a Amartya Sen ver el grave error en que estaba incurriendo al no fijarse detenidamente en ese nuevo fenómeno, casi una institución espontánea, como lo es la proliferación en todas partes del tercer mundo de escuelas privadas de bajo costo, que en algunos lugares, como la India, ya ha desbancado a la educación estatal del grueso del alumnado, que ha migrado motu proprio. Allí y en muchas otras zonas del orbe desposeído, el estatismo educativo está a punto de quedarse sin títeres ni marionetas.

La otra mirada

Pero sería, sin embargo, una burda ligereza suponer que alguien como el Premio Nobel indio ignore el tema de los incentivos económicos correctos o incorrectos en el éxito o fracaso de cualquier empresa humana, algo que también aplica para la educación y quién lea El Bello Árbol lo entenderá cabalmente. Quizá la diferencia entre la mirada de Tooley y la de Amartya Sen podría estar, más bien, en el ámbito de las experiencias personales, que, como es sabido ya desde la Antigüedad, son la gran vía de aprendizaje de los individuos, más allá de la cultura o el conocimiento científico. Tooley fue a Nigeria, a Ghana, a los barrios más pobres de la India y de la China, y vio por sí mismo lo que allí ocurre:  Escuelas públicas muy bien construidas y muy bien dotadas, pero con maestras que bostezan mientras hacen ganchillo, y nadie puede despedirlas porque las amparan la ley y los sindicatos. Esto en contraste con escuelas privadas, de bajo costo, asentadas en chozas derruidas pero con los maestros afanados enseñando a los niños, porque de eso depende su sustento, así que tienen el mayor incentivo para hacerlo, porque además no hay ningún gobierno u organismo filantrópico que les garantice nada de antemano.

De hecho James Tooley es un personaje incómodo para los diferentes organismos que reciben donaciones millonarias del Banco Mundial, de la Fundación Bill y Melinda Gates o de tantos otros, porque él está convencido de que es un grave error canalizar esos recursos de esa manera, que así en realidad no ayudan en nada (y de hecho en muchos casos los perjudica) a los niños más pobres, que siguen con muy malas condiciones de educación. ¿A quién alimenta ese dinero? A los burócratas.

Y de aquí surgen otras imágenes chocantes que abundan en las páginas de El Bello Árbol: los funcionarios de los ministerios de educación del tercer mundo desplazándose en lujosos cuatro por cuatro, mientras los verdaderos destinatarios de esos fondos millonarios ven clases en lugares dejados de la mano de Dios. Sin embargo, incluso así, logran aprender mucho más y mejor que en las escuela públicas, porque es en esas chozas y en esas chabolas, paupérrimas en cuanto a infraestructura, donde se concitan todos los incentivos de la acción humana para que así ocurra.

Las propuestas de fondo de El Bello Árbol son muy audaces. Entre ellas, el redirigir recursos de desarrollo, sin alterar la cadena de incentivos espontáneos, a esos emprendimientos privados, algo sin duda muy duro de digerir por parte de las burocracias implicadas en el tema del desarrollo de la educación en el mundo, en parte porque no les conviene. Pero estas propuestas, por audaces que parezcan, no han caído en saco roto, y ya tienen muchos adeptos en el mundo entero. Yo conozco un país que las necesita urgentemente.

@rafarivero007

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