Economía

MALVADOS EMPRESARIOS

José Gregorio Contreras / Abogado

Quienes hemos sido usuarios del transporte público como son los autobuses o el metro, hemos notado una particularidad en los ciudadanos, esos individuos que, como yo, salen todos los días a trabajar, estudiar o simplemente hacer alguna diligencia de interés para sí mismos. Un diálogo que puede leerse así: “el dueño de la panadería es un usurero ladrón, no es posible que un pan canilla cueste dos dólares, es un precio irreal. En este país lo que se necesita es más control, todo el mundo hace lo que quiere” Expresa el común de los usuarios del transporte público.

¿Es realmente cierto que en el país hacen lo que les da la gana, en especial, los comerciantes?

A lo largo de nuestra historia -y buena parte de la historia del mundo – quienes ofrecen productos y servicios para satisfacer las necesidades de los consumidores, se han visto altamente controlados por las instituciones estatales, las cuales afectan el libre desenvolvimiento del comercio.

Quienes manejan las instituciones del Estado, usan como herramienta las instituciones del Derecho para crear instrumentos que desde su concepción planificadora las consideran justas y necesarias para que la sociedad funcione, muchas veces con muy buenas intenciones -aunque en la economía y en el comercio en especial, las buenas intenciones, no siempre cuentan- emiten leyes que regulan y reglamentan la actividad comercial, a su vez, creando organismos para que estos sean quienes controlen la actividad de los comerciantes y empresarios en general, y su relación con el consumidor.

Las leyes empiezan a establecer cosas como: el margen máximo de ganancia, productos esenciales a los cuales les regula el precio, crea impuestos para aquellos productos que consideran no deben consumirse en el territorio nacional. Esto, querido lector, no solo afecta al dueño de la panadería, abasto o el supermercado, nos afecta a todos no solo porque empezará a crecer la escasez -tema que tocaremos más adelante- sino porque atacan nuestra libertad de elección, el Estado suele creer que puede escoger mejor que nosotros lo que nos gusta y lo que debemos consumir o no, pues al crear su lista de productos que llaman de primera necesidad, transgreden el principio de igualdad, dejando por fuera a quienes por decisión propia o por alguna condición no consumen los productos de la cesta básica. Con esto, no se quiere decir que debe regular estos precios, sino dejar de regularlos todos y que los precios compitan libremente y seamos nosotros, los consumidores, quienes elijamos.

Ahora bien, el comerciante al verse en este aprieto empieza a reducir la cantidad y calidad del producto para adaptarse a los estándares del Estado, no porque voluntariamente desee prestar un mal servicio o producto, porque es la calidad, con lo que los empresarios llevan el sustento a sus casas. Trasladan a su vez, los impuestos exacerbados que deben pagar al precio final, viéndose afectado el consumidor, quien es este el que asume el coste de la planificación estatal.

De esta manera, la imposición estatal trae consigo los problemas descritos, pero en especial un problema: la escasez. Sin embargo, a su vez deriva en una solución que el Estado demoniza: mercado negro.

La cadena de producción empieza a afectarse, cuando el empresariado comienza a dejar de tener incentivos para producir determinado bien, generando entonces que la comercialización, decaiga y la demanda se mantenga e incluso crezca, esto se deriva en anaqueles vacíos, grandes filas para adquirir el bien y que los derivados de este también se vean afectados, por ejemplo: si se tratara de harina; el pan, dulces y demás derivados empezarían a verse afectados en su presentación respecto al tamaño y a su precio.

El mercado, que no es más que el libre intercambio de voluntades entre individuos que sienten, piensan y tienen ganas de progresar y estar bien, genera soluciones como lo es la producción y comercialización del producto determinado en la total clandestinidad como si de una actividad ilícita se tratase, siguiendo sus costes de producción y los precios estándares internacionales. Empiezan a contactar aquellos que necesitan el producto para poder comerciar y empezar de nuevo a satisfacer aquellas necesidades que los consumidores demandan. Pero con una particularidad, se debe pagar lo adeudado al valor real del bien, esto hace que se empiecen a trasladar los costos de esta determinada materia prima o producto a otros, generando un crecimiento de los precios y ahora, incluso, aquellos que no se encuentran regulados. De alguna manera el comerciante debe subsistir para poder obtener ganancias de su negocio.

El Estado empieza a perder el control de sus regulaciones ya que el mercado se hace indetenible y se deja de obedecer a estas imposiciones estatales absurdas que pretenden frenarlo. Como respuesta, el regulador empieza una campaña de desprestigio contra los procesos de mercado, como lo sería el mercado negro, adornándolo de mala publicidad y atacando a quienes producen y hacen posible el sustento de millones de personas día a día, esto genera una de las peores consecuencias: en el imaginario colectivo queda la idea de que los empresarios y comerciantes son malvados, que buscan subyugar al más necesitado y el Estado es el defensor.

Contestando a la pregunta inicial: No, los comerciantes no hacen lo que les da la gana, hacen lo que pueden para subsistir en un sistema que no los deja progresar y debemos entender que, si ellos no avanzan y progresan, no lo haremos el resto de los ciudadanos tampoco, puesto que, son ellos quienes crean empleo y generan riqueza, presupuestos esenciales que una sociedad próspera debe tener.

Por lo tanto, no es una lucha de clases como nos quiere hacer ver el Estado, no son comerciantes malévolos contra inocentes ciudadanos comunes, no. Es una lucha de todos como ciudadanos contra el Estado interventor, que no hace más que entorpecer el desarrollo normal de la vida en una sociedad.

“El laissez faire no significa: Dejen que operen las desalmadas fuerzas mecánicas. Significa: Dejen que cada individuo escoja cómo quiere cooperar en la división social del trabajo; dejen que los consumidores determinen cuáles empresarios deberían producir. Planificación significa: dejen que únicamente el gobierno escoja e imponga sus reglas a través del aparato de coerción y compulsión.”

Ludwig von Mises

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