Derechos Humanos

¿Quedarse o irse?

Quedarse o irse del país es una decisión absolutamente personal, pues el individuo es responsable de sus acciones. No es secreto para nadie lo tortuoso que es vivir en la Venezuela que ha sido destruida sistemáticamente por un régimen totalitario y colectivista, pero emigrar tampoco es fácil y supone un sacrificio muy duro. Sobre esto quiero hablar a la luz de la obra autobiográfica de Sándor Márai intitulada ¡Tierra, tierra! (1972).

Márai nos relata sus vivencias en Hungría, primero bajo la ocupación Nazi en 1944 y luego al caer su país en las fauces devoradoras de la Unión Soviética. Budapest, su ciudad, reducida a ruinas por la guerra, dejó de ser el sitio en el que se sentía identificado con la nación que una vez fue su país, era un especie de extranjero que rememoraba un pasado que no volverá y que el colectivismo le arrancó, no había forma de retomar las cosas tal y como eran. Aunque en un principio intentó continuar con su vida, la verdad es que era imposible, la realidad le demostraba que no podía seguir desarrollándose como persona y como el gran escritor que era y que después continuó siendo.

No nos resultará extraño conocer que bajo el control de la Unión Soviética, Europa y el mundo permaneció indiferente, a pesar del costo en vida humanas y la reducción de los individuos a meros esclavos de un sistema que controlaba todo lo que hacían y que evidentemente imposibilitaba llevar a cabo a plenitud el proyecto de vida que intentaran trazarse. Existía un desprecio y desconocimiento de la propiedad privada, sin la cual no hay libertad. Lo más grave era sentir la impotencia que se trataba de un régimen que se sabía cuando empezó, pero no cuando terminaría, que lo húngaros estaban maniatados, sin posibilidad de rebelarse, pues el mínimo intento de ello acarrearía consecuencias graves hacia la vida y la integridad personal.

Márai tuvo la lucidez de entender cómo funcionaba ese régimen, cuál era su fin y qué querían de las personas. La intención era destruir su fuero interno, que se olvidaran de ellos mismos, de lo que son y solo pensaran en cómo subsistir día a día.

En definitiva comprobó sin lugar a dudas que es “Un régimen que sólo puede sobrevivir si les arrebata a los seres humanos su libertad (…) no puede renunciar a la tiranía, porque esa es la única posibilidad de salvaguardar el poder”, de manera que bajo la indignación de lo que realmente persigue el colectivismo, que no es otra cosa que la reducción del individuo a la mínima expresión, afirma que “…lo que no se puede consentir es la nacionalización del ser humano (…) la estatalización del espíritu” y eso es lo que precisamente sucede cuando un régimen de esa naturaleza toma el poder y el control de la vida de las personas.

Así, logra desengañarse de que al mundo realmente le importa liberar a las personas de la tiranía y la opresión. Ello lo logra comprobar en un corto viaje que se le permitió realizar al extranjero en el que visitó Suiza, Italia y París. Descubrió que los derechos humanos son una declaración de buenas intenciones, una quimera que realmente poco pueden hacer por las personas para recobrar su libertad, su esencia y que no hay una forma verdadera de controlar al poder y deponer un régimen que invadió su país, arrancándoles su identidad y costumbres, imponiéndoles una sovietización sobre sus vidas bajo la promesa de traer el paraíso a la tierra, a la fuerza, en contra de su voluntad. El autor afirma que:

“En este siglo Occidente se ha mentido a sí mismo y al mundo. (…) Ha mentido al hablar de derechos humanos y tolerar a la vez que conquistaran el poder absoluto unos regímenes que humillaban y ofendían a todo lo humano. Ha mentido con la palabra escrita y con la palabra hablada”.

Cuando una persona descubre y piensa a diario sobre estas cuestiones, indudablemente llega a una encrucijada que es inevitable: ¿abandonar el país o intentar a toda costa retomar el rumbo del pasado interrumpido por un “accidente” totalitario, que una vez depuesto y con la experiencia adquirida, permitirá llevar a la realidad y al futuro a un mejor puerto que no sea la destrucción absoluta? ¿Será posible lograr esto último? ¿Es posible sobrevivir para ello o la vida inevitable llegará a su fin y solo existió esa esperanza?

A veces es posible que nos atormente darnos cuenta lo que Márai comprobó luego de decidir marcharse para siempre de Hungría y una vez que obtuvo afortunadamente el pasaporte que era imposible adquirir por los ciudadanos para evitar que huyeran de los horrores del colectivismo, entendió que esa gracia se le concedió porque “El Régimen decidió que yo sobraba”.

No podemos juzgar a los que están en Venezuela con el ánimo de llevar al país a un mejor destino, intentando a toda costa que no se les arrebate su individualidad. Otros ni siquiera pueden plantearse eso porque viven las más lamentables y humillantes penurias. Tampoco podemos juzgar a los que se han ido, pues ellos sintieron que sobraban -como Márai en Hungría- y que era mejor abandonarlo todo e intentar encontrar una realidad mejor, con un sentido distinto al que ha sido impuesto a la fuerza. En ambos casos se trata de algo que nadie se hubiese planteado hace más de veinte años y que pasó por la llegada al poder de un sistema devorador e inhumano: el socialismo del siglo XXI.

Carlos Reverón Boulton

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