Educación

¿Quién dijo que un hombre no puede volar?

Lo primero que hice después de graduarme fue viajar a mi pueblo. Tenía tres años sin ir. En el terminal de La Bandera tomé una buseta hasta Valencia. En Valencia tomé otra hasta Coro. En Coro tuve que tomar esto que llamamos carrito particular -porque llegué poco después de las tres de la tarde, cuando ya se había ido el último autobús de la ruta pública- y a las siete horas y dos trasbordos de haber salido de Caracas, pisé de nuevo Cabure.


Usualmente, cuando digo de donde provengo, siempre empiezo por decir que es de un apacible población de no más de tres mil habitantes, situada en plena Sierra de Falcón, rendida a los pies de unos benignos gigantes de piedra caliza. Luego, presumiendo de su irrepetible belleza natural, completo diciendo que en la lengua de los indios jirajaras, primeros pobladores de la región, el nombre de mi terruño significa “lugar cercano al cielo”. Pero creo que a partir de ahora, cuando diga de dónde soy, antes de todo lo anterior, que es innegable verdad, debo empezar por decir: soy de Cabure, el pueblo del Pájaro Serrano, el hombre que hace ciento cincuenta y dos años intentó volar con unas enormes alas de cuero.


Volver a Cabure significó volver al sitio donde residen todos mis recuerdos de infancia y adolescencia. Pocas alegrías superan la del reencuentro con esa memoria compuesta de puras imágenes felices que, cual viaje en el tiempo, me devuelven al instante de bañarme debajo de una cascada, al de explorar una cueva, o al de recorrer las calles del pueblo con mis amigos José, Alexander y Anthonella. Volver a Cabure, inmediatamente después de haberme graduado de abogado en la Ucab, también significó volver para ofrendarle a mi tierra este importante logro.


Lo siguiente que debo dejar saber del Pájaro Serrano es que así llamaban a mi tatarabuelo, Don Carlos Rivero Solar, considerado el precursor de la aviación nacional. Sí señores, el precursor. Con decirles que la Fuerza Aérea de Venezuela (FAV) le erigió un monolito justo en la zona donde se lanzó al vacío con la voluntad de conquistar el aire.


Carlos Rivero Solar era un inventor local famoso. Su reconocimiento procedía de la construcción de muchos y variados ingenios, entre los cuales se cuenta una máquina para descerezar el café que se cultivaba en esas montañas y un sistema de tubería de bambúes que conducía el agua de las quebradas cercanas hasta su casa y hacía mover el trapiche donde molía caña de azúcar.


No me cuesta imaginarlo entonces fabricando el artefacto que lo haría despegar del suelo igual que un ave. Es que casi puedo oírlo repitiéndose a sí mismo, mientras ensambla el armazón de ramas livianas y piezas de cuero de vaca: ¿Quién dijo que el hombre no puede volar?


La historia del Pájaro Serrano nos viene dada a los cabureños prácticamente con el estreno de la razón. Yo, por ejemplo, la atesoro desde el mismo momento que se la escuché contar a mis maestras del preescolar “Sara Amelia Salas”, el único kínder del pueblo. Público, sí.


Y por supuesto que la seguí oyendo, ya en forma de versión oficial y en clave de honra al Hijo Ilustre, tanto en mi escuela “Manuel Antonio García”, como en mi liceo “Guillermo Antonio Coronado”, también la única primaria y secundaria de Cabure. Y también públicos, sí.

Mi mamá me mima y me enseña

A la etapa de primero a sexto grado pertenece, asimismo, el recuerdo de cuando los maestros, después de impartirnos contenidos básicos, esto como por no dejar, nos dejaban horas y horas jugando en el salón. Y no porque persiguieran los fines académicos con estrategias lúdicas, no; era porque, obviamente, no tenían mayor interés en asegurar nuestro aprendizaje. Más claro: sencillamente nos abandonaban. José, Alexander y Anthonella, compañeros de clase de toda esa etapa inicial, saben de qué hablo.


Aunque, definitivamente, es mi mamá, la tataranieta del Pájaro Serrano, quien mejor sabe: Ella, a diferencia de mí que estudié siempre en Cabure, estudió desde preescolar hasta bachillerato en un colegio católico, privado, aquí en Caracas. Esto porque su madre, mi abuela Hilda Hernández Rivero, la bisnieta del homo avis falconiano, se vino a esta ciudad hace cuarenta y seis años Mi mamá más bien se regresó a Cabure y, tiempo después de haberse casado con mi papá, hizo una licenciatura en Educación Especial en la Universidad Nacional Abierta (UNA), bajo la modalidad a distancia. Aquí es donde toca decir que soy el tercero de cuatro hijos y que mi padre es un pequeño comerciante de víveres, propietario de una bodega ubicada en el centro del pueblo.


Al graduarse de docente, mi mamá empezó a trabajar en una escuela de una población vecina. ¿Ven por qué digo que ella es quien más sabe? Sabe por educadora y sabe por madre. Sabe porque cada tarde, sin falta, en casa, ella nos daba esmeradas clases particulares, a mis hermanos y a mí, de todas las materias que cursábamos: desde matemáticas, lengua y biología, hasta sociales. Pienso en esas tardes y casi puedo sentir de nuevo el olor de los ejemplares de la Guía Caracol de Santillana y de la Enciclopedia Larousse, que mi mamá ponía en nuestras manos para complementar, ¿o suplir?, la deficiente enseñanza que recibíamos en el colegio.


Al bachillerato en el “Guillermo Antonio Coronado” no puedo acreditarle nada distinto a la desafortunada primaria: la misma desidia de los profesores, el mismo desgano, la misma incompetencia, el mismo descuido y despreocupación. José, Alexander y Anthonella, compañeros también de liceo, saben que no miento. En suma: el mismo fraude. A mi mamá sí puedo abonarle de nuevo, por todo lo que continuó ayudándome desde primero hasta quinto año, gran parte del mérito por mi secundaria.


Por boca de ella supe, además, mi parte preferida del relato sobre la famosa hazaña del Pájaro Serrano. Y es la que comienza una mañana de domingo de 1868 con mi tatarabuelo dirigiéndose, con su aparato de volar a cuestas, hacia El Naranjito, el caserío cercano a Cabure donde va a intentar desafiar la gravedad:
Va por el Camino de los Españoles rumbo a la cima de la colina más favorable para la realización de su gesta. Vale imaginar que lleva encima una maquina voladora como las que diseñó Leonardo Da Vinci porque, en efecto, guardan cierto parecido. Se ha hecho acompañar por Don Rufino Montenegro, a quien, de acuerdo con la costumbre, ha nombrado padrino del histórico acontecimiento. Lo sigue un gentío, una multitud de lugareños en procesión de incredulidad y asombro.

Casi puedo escuchar los murmullos y las risas. Y me ha dado por preguntarme cuántos de esos que van ahí apuestan a su fracaso y cuántos sí lo creen capaz de surcar el azul infinito de la serranía.


Me lo pregunto porque de pronto irrumpe en mi memoria la tarde aquella de hace unos seis años cuando, de visita en Caracas, recorro un centro comercial junto a mi mamá, mis dos hermanas y un primo caraqueño. Caminamos y conversamos mientras buscamos una tarjeta de felicitación para nuestra abuela que cumple años, y en eso el primo me interroga: ¿Qué carrera vas a estudiar, en qué universidad? Contesto sin ninguna precaución, acaso con la confianza que brota de la inocencia: Voy a estudiar Derecho en la UCAB. Mi primo, que ha hecho toda su educación en los mejores colegios privados a su alcance, que sabe de la mía y de la estrechez económica de mi familia, hace la pregunta de rigor: ¿Ya tienes beca? Y sin ni siquiera esperar mi respuesta, sentencia: No vas a dar la talla. La gente que sale de los públicos difícilmente logra graduarse en una universidad como la UCAB.

A la gloria o a la tumba

¿Cuántos de esos que van ahí, detrás del que llaman “doctor” pero también “loco”, creen en él y desean que logre volar? ¿Cuántos no? En fin, que Don Carlos Rivero Solar ya está a punto de ofrecer el desenlace: así que avanza, él solo, con sus alas de madera y cuero de vaca, hasta el punto más alto de la consabida colina, unos setenta metros más arriba, mientras la muchedumbre expectante permanece abajo. Al llegar al lugar exacto dispuesto como pista para el despegue, el Pájaro Serrano saluda a los espectadores, se da vuelta, e inicia la carrera de impulso hacia el esperado vuelo. Todos enmudecen frente a aquel hombre alado que corre resuelto hacia la gloria o hacia el fracaso, que carretea decidido hacia el éxito o hacia la muerte. A pocos pasos del final del terreno despliega las alas y salta dando un grito estremecedor. Ya en el aire bate desesperadamente las alas. Parece que lo está consiguiendo. De hecho ahora está planeando. ¡Increíble! ¡Está logrando el milagro de vol… Pero, ah broma, no, no, es que está cayendo, ¡ay, Dios santo, viene en picada, se va a estrellar! ¡Ay, ay, se estrelló!
El Pájaro Serrano y lo que quedó de las alas cayeron sobre la copa de un frondoso Bucare. No murió, pero quedó bastante maltrecho y con unos cuantos huesos rotos.

Cuando le dije a mi primo, hoy médico exitoso, que iba a la UCAB fue porque para entonces, finalizando mi bachillerato, eso ya estaba decidido. Desde pequeño quise ser abogado. Tenía la opción de estudiar en Punto Fijo, en la única universidad de mi estado donde ofrecen la carrera; o la de venirme a Caracas, a casa de mi abuela Hilda, y estudiar donde siempre había querido con todas mis fuerzas: en la Facultad de Derecho de la Universidad Católica Andrés Bello. Mis padres facilitaron mi decisión alentándome con la segunda alternativa, aun cuando ésta les representaba un tremendo compromiso económico. Recuerdo que frente a la natural inquietud respecto a la posibilidad de costearme la matrícula, en aquella determinante ocasión ambos me dijeron que una formación superior así, de las mejores, valía cualquier esfuerzo. Recuerdo también que después de aquella resolución familiar lo único no feliz para mí era la idea de irme de Cabure y despedirme de José, Alexander y Anthonella.


Del primer año en la UCAB conservo la memoria de dos sustos: el natural de todo comienzo en un lugar nuevo y el que me asaltó cuando empecé a enfrentarme a contenidos que no dominaba y que se suponía debía haber visto en secundaria. No exagero: sentía una especie de aturdimiento cada vez que un profesor exponía en clases sobre algún tema desconocido para mí. El malestar se acentuaba cuando mis compañeros -la mayoría procedentes de colegios privados- me decían: “Eso lo vimos en el liceo”. A eso se refería mi primo y confieso que en un momento dado llegué a temer que, así me esforzara en nivelarme, no llegaría a alcanzar las exigencias de las materias. Para qué negarlo: creí que no daría la talla.
De esa atemorizante turbulencia inicial salí con bien a punta de leer, leer, leer.


Fue ya sobrevolando el segundo año, en 2016, cuando me sorprendió el mal tiempo: Mi papá tuvo que cerrar su bodega. Se le hacía imposible trabajar con tanta escasez de productos, tantos controles y tantas arbitrariedades gubernamentales. No le quedaba más remedio que cerrar y con todo el dolor de su alma informarme que ya no podría pagarme la matrícula de la universidad. Esto es mucho más que los dos primeros sustos, esto es un temor mayor, esto es miedo a precipitarme tan pronto, apenas despegando. Esto es…como les explico…pánico a estrellarme sobre la copa de un Bucare.
Buscar afanosamente una ayuda económica cuenta como un desesperado batir de alas; aunque la verdad es que mi desesperación era literal, no metafórica.

Así que de inmediato averigüé y, como cumplía con las condiciones de promedio académico y perfil socioeconómico, me postulé para una beca-trabajo. ¿Quién dijo que el hombre no puede volar? Pocas semanas después de la entrevista correspondiente recibí la noticia que me hizo remontar nuevamente: Aprobada la beca-trabajo en las oficinas de Sipucab, mejor conocida como la sala de profesores.


Trabajé en Sipucab todos los días, de lunes a viernes de tres de la tarde a siete de la noche, a cambio de la exoneración de la matrícula. Pienso en esos cuatro años y pienso en un tiempo que me elevó a la altura suficiente para entender que cuando la dura realidad te frena, con esa misma fuerza te impulsa.


En esas nubes de alegría andaba yo el día de enero 2020 que recibí mi título de manos del rector Francisco Virtuoso. E imaginen a cuantos miles de pies de orgullo se encontraban mi mamá, mi papá y mi abuela Hilda. Y más después de recibir ellos también el homenaje que nuestro profesor y padrino, Antonio Canova, les tributó en la forma de aquel memorable discurso sobre la felicidad sincrónica y diacrónica.

Bajo la bella ceiba

Reencontrarme en Cabure con José, Alexander y Anthonella cuenta como parte de lo primero que hice después de graduarme.
Una tarde soleada y calurosa volvimos a reunirnos los cuatro de siempre donde siempre: bajo la sombra generosa de la ceiba que preside el frente de la casa de José. ¿Ya había dicho que José también es mi vecino?
José tiene veinticuatro años, es gran deportista y es de esas personas que se ganan, facilito y rapidito, el cariño de la gente. Al graduarse de bachiller, en 2014, intentó estudiar una carrera técnica en electricidad en el Tecnológico de Coro, pero de tanto paro por protestas estudiantiles, huelgas de profesores, falta de agua, o de electricidad, o de docentes, o de lo que fuera, perdió el sentido de continuar. “¿Para qué seguir en un lugar que está más tiempo cerrado que abierto? Preferí regresarme a Cabure”.
José se devolvió al pueblo y embarazó a su novia. Hoy viven juntos, ya tienen un segundo hijo y atraviesan una situación económica bastante difícil.

Alexander tiene veinticuatro años también y es un verdadero artista del dibujo a lápiz y la pintura al óleo. Tienen que ver su trabajo para que se impresionen con el nivel de detalle y belleza. Él empezó a estudiar Ingeniería Eléctrica en 2013 el mismo Tecnológico de Coro que abandonó José. Debía haberse graduado ya, pero no ha podido aún, y no porque no se aplique a sus estudios sino por las mismas constantes paralizaciones que ya refirió mi otro amigo.


A Alexander no le ha quedado más que continuar y enunciar su futuro en una tentativa de chiste: “Espero terminar algún día…”
De Anthonella, otra de veinticuatro, hay que empezar diciendo siempre que es la campeona local de tenis de mesa. Después hay que agregar: es una auténtica entregada al ejercicio físico. Ella obtuvo cupo en la Unefa (Universidad Nacional Experimental de la Fuerza Armada) de Coro por asignación de la Opsu (Oficina de Planificación del Sector Universitario). Y a seis meses de haberse graduado de Ingeniera de Sistemas es esto lo que exhala: “La verdad es que esa universidad chavista no sirve para nada. No me dieron una carrera, me dieron un curso de cuatro de años mal dictado”. Ella dice que se libró de los paros de las universidades públicas autónomas pero no de la mediocridad académica de la universidad gubernamental.
Mi amiga no ha logrado conseguir empleo como ingeniera. Con sus propias palabras: ¿Cómo voy a conseguir trabajo en mi área siendo egresada de una universidad tapa amarilla? Anthonella se está ganando la vida trabajando de cajera en un pequeño abasto de Coro.

La nostalgia viajó a mi lado todo el retorno: de Cabure a Coro, de Coro a Valencia y de Valencia a Caracas. Por mucho que también estuviera viajando hacia el inicio de una nueva vida, rumbo al ansiado estreno profesional, no hubo manera de no sentir pena por dejar nuevamente mi pueblo, mi familia y mis amigos después de esas dos semanas extraordinarias.

En esos días ambivalentes de añoranza y entusiasmo conseguí mi primer trabajo como abogado en el Centro Cultural Chacao. Eso fue menos de dos meses antes del estallido de la pandemia de Covid19 y del principio de este angustioso confinamiento que no ha dejado espacio sin alterar. Con la imposición de la cuarentena, a raíz de las primeras confirmaciones de contagios en Venezuela, el complejo cultural de la alcaldía capitalina quedó de pronto sin actividad. Y yo con él, por lo cual, aprovechando las largas horas de aislamiento en casa, me dediqué a explorar nuevas posibilidades laborales. Así fue como recién, en mayo, me incorporé al equipo legal del reconocido grupo inmobiliario donde me desempeño actualmente.
Fue en esos días fallidos de encierro inicial cuando Tania, quien se acaba de graduar conmigo, me llamó para preguntarme si quería unirme a Un Estado de Derecho (UeD), la asociación civil dirigida por el profesor Canova. Cómo no iba a querer si ya tenía noticias de que otros compañeros recién graduados también se estaban integrando a la organización no gubernamental conformada por brillantes abogados egresados de la Ucab y de otras universidades, además de destacados profesionales de diversas disciplinas.


UeD, así con la e de estado en minúscula, se dedica al estudio, comprensión y divulgación de los valores y principios del Estado de Derecho como condición indispensable para la libertad individual, la democracia, el desarrollo y el progreso de las personas y los pueblos.


Con el “sí, quiero” me estaba uniendo, de entrada, al equipo que investiga la realidad actual del derecho a la educación en Venezuela. El principal requisito de ingreso ya lo cumplía: ya había leído El Bello Árbol. El que ha sido alumno de Canova en estos últimos años sabe que no hay forma de eludir la lectura del libro escrito por James Tooley, profesor de la Universidad de Buckingham. Sabe, por tanto, que tampoco hay forma de no terminar replanteándose todo lo que uno pensaba respecto al asunto educativo después de enfrentarse a sus hallazgos.
Mentiría si digo que disfruté El Bello Árbol. ¿Cómo podía agradarme, a mí, “hijo” de la educación pública, un libro que la desahucia? Mentiría también si digo que asimilé todo de inicio. La pura verdad es que, aparte de padecerlo, incurrí en la misma actitud de negación a la que se enfrentó su autor cuando decidió indagar sobre la existencia de colegios privados para pobres muy pobres: para los más pobres de países pobres como Ghana, Nigeria y Zimbabue en África; para los más pobres de las zonas más pobres de India y China.


A las descripciones de las “perezosas” escuelas públicas de esos distantes lugares sí que no podía negarme, porque sencillamente me hablaban de la misma flojedad de Cabure.

El que busca…

Escondidos en esos paupérrimos rincones, Tooley encontró, porque buscó, iniciativas educativas particulares surgidas como respuesta a la deficiente o nula enseñanza estatal. Encontró, porque buscó, padres que prefieren destinar parte de sus míseros ingresos a pagar por la instrucción de sus hijos antes que dejarlos en las gratuitas instituciones públicas. Encontró porque buscó a pesar de lo que le decían todos, absolutamente todos, los investigadores de todos, absolutamente todos, los organismos más emblemáticos del área de Desarrollo Humano: de la ONU para abajo le advertían que no existía tal cosa como los pobres más pobres educándose a sí mismos.


A sí mismos en tanto prescinden de la oferta estatal y resuelven pagar uno o dos dólares al mes por una educación mejor que la pública. Tooley los consiguió en cada uno de los países donde buscó: El Bello Árbol es un documento de extremado rigor científico y es al mismo tiempo el inspirador testimonio de esa porfía.


No deja por ello de ser, reitero, un informe difícil de metabolizar, pues toda la evidencia contenida en él trastoca la concepción predominante sobre la prestación del derecho a la educación…


…la concepción que nos ha inculcado el prestador, la idea con que nos educa el prestador. O sea: remece el dogma del Estado docente y por ende debilita también todo el corpus de creencias que sostienen a la doctrina (estatista) vigente de los derechos sociales. Nada más y nada menos.
A mí, como ya dije, me tomó tiempo y dudas. No me costaba para nada suscribir los cuestionamientos de Tooley a la indiscutiblemente deficiente educación pública; pero de ahí a favorecer su desaparición…

El hecho es que conforme avanzaba en la historia iba comprendiendo, pero a la vez iba sintiendo como una especie de culpa por comprender, una inevitable y molesta sensación como de traición a mis orígenes. Hasta que incómoda y lentamente caí en cuenta de que ese malestar inespecífico era, precisamente, la prueba de cuán arraigada traía la doctrina estatista en mi cabeza.

Y el otro hecho es que aunque los descubrimientos de El Bello Árbol me resultaban esclarecedores e inobjetables, por alguna razón (…) yo negaba de plano que aquí en Venezuela también pudieran hallarse manifestaciones de personas pobres educándose a sí mismas.


Y hubiera seguido así, todo hay que decirlo, si Canova, terco como Tooley, no hubiera dado con el colegio Cuyagua de Petare y con otras decenas de escuelas privadas, en diversos lugares del país, con matrículas de hasta menos de dos dólares.


Yo mismo he dado ya, como investigador de UeD, con unos colegios de bajo coste en mi estado Falcón.


No, en Cabure, como dije arriba, no hay ningún privado: en mi pueblo la única opción es la educación pública. “Y es de esa que vas a escribir un reporte, uno como el de María José España sobre el Cuyagua de Petare”, me indicó el profesor.


Por teléfono, porque en Cabure casi nunca hay internet, me entrevisté con José Ramón Miquilena, director de la “Manuel Antonio García”, la escuela donde estudié, fundada hace ochenta y cuatro años.
Manuel Antonio García fue un insigne educador natural de Coro, que a finales del siglo antepasado, por los tiempos del Pájaro Serrano, se asentó en mi pueblo e inició su labor pedagógica en la Escuela para Varones junto con los maestros Clodomiro Muñoz y Rufino Montenegro. Con el mismo Rufino Montenegro que apadrinó el célebre vuelo de mi tatarabuelo Don Carlos Rivero Solar.


La “Manuel Antonio García” se crea, en 1937, sobre la base de la escuela unitaria, de sólo primer grado, que para la época regentaba el maestro Rito Hernández, mi bisabuelo “Ritico”, papá de mi abuela Hilda. Pero se le añaden únicamente tres grados; es decir, nada más hasta cuarto. Quinto y sexto eran pagos: costaban un medio diario que se podía cancelar con una moneda de veinticinco céntimos de bolívar, dos de una locha o dos litros de leche de vaca recién ordeñada.

La Escuela para Señoritas “Ana Brillet”, dirigida por la maestra Ángela Irausquín, antecedió también a la “Manuel Antonio García”. Era una iniciativa particular, igual que la Escuela para Varones, como casi todas las de aquellos tiempos de Estado incipiente.

Dime quién te educa…

En la actualidad, mi colegio es un edificio principal de dos plantas, ampliado con tres galpones. Tiene dieciocho salones, patio de recreo, cancha, tarima para eventos y comedor para los alumnos.


El director es docente con maestría y dirige la escuela desde hace quince años; o sea desde mis tiempos de primaria. Hoy son 465 alumnos y 45 maestros, me precisó de entrada. Y con la misma, ya puesto en el caso de exponerme la situación de la “Manuel Antonio García”, me contó de su principal preocupación: la degradación de la calidad docente.
Me conto más: hoy día 90% de los educadores que enseñan en el colegio son egresados de la Universidad Bolivariana de Venezuela. Primero porque la desprestigiada UBV tiene un núcleo en Cabure y segundo porque es la orden emanada de la Zona Educativa de Falcón. La cuestión es que no hay lugar para docentes graduados en otras universidades por muy solventes y mejor preparados que sean. Los cargos en la “Manuel Antonio García” y en las demás públicas no se asignan por la capacidad profesional sino por un baremo político que empieza por estar inscrito en el Partido Socialista Unido de Venezuela (Psuv).


Para muestra el botón que todavía conserva mi mamá de la vez que la degradaron, de directora de la unidad educativa para niños especiales “Eduardo Marín” a maestra de aula en la misma institución cabureña, por no estar apuntada en las filas del partido de Chávez. Ocurrió a la vista de todos los presentes, en una reunión de directores municipales, cuando la coordinadora política local ordenó a viva voz, refiriéndose a mi madre: “Me quitan a esa escuálida de ese puesto”. Y así fue: mi mamá fue castigada, rebajada de cargo, simplemente por no militar en la tolda chavista. Dos años después de esa condena por deslealtad, ella logró empezar a recuperar su rango profesional y hoy es la subdirectora de la unidad psicopedagógica de la “Manuel Antonio García”.

La segunda gran preocupación del director Miquelena es una que no por repetida y general deja de ser siempre sobrecogedora: salarios docentes prácticamente inexistentes, la indignidad de un sueldo básico -para un educador de veinte años de carrera- de 769.304, 01 bolívares al mes en un país azotado por la hiperinflación. Estamos hablando de la absurdidad de un ingreso base oficial, ajustado en mayo 2020, equivalente a 2,6 dólares mensuales.


Es una paga tan absurda que casi me hizo dejar para luego el siguiente asunto que me proponía despejar con el director, un aspecto medular al que Tooley dedica gran parte de la atención: el tema de los mecanismos para evitar, corregir y/o sancionar las inasistencias y otras faltas de los educadores. No lo dejé para luego pero sí le bajé el tono de interpelación. Al respecto, el profesor Miquelena se remitió al Reglamento de la Profesión Docente que norma todo lo relativo al desempeño de los maestros. En él se establece, entre otras reglas, que después de tres faltas injustificadas, procede el despido; pero de acuerdo con la experiencia del director de la “Manuel Antonio García”, muy rara vez, la verdad nunca, se produce una desincorporación por esta vía. A lo más que se llega frente a los incumplimientos -acotó- es a una exhortación verbal o a un memorando escrito de parte del director. Y luego, si acaso, de parte de la Zona Educativa.


A lo que voy: Un director de escuela pública en Venezuela no puede despedir a un maestro que incumpla. El sistema está diseñado para complicárselo, por no decir impedírselo. Y esto es lo que una humilde madre de la remota Ghana expone sencilla y rotundamente en El Bello Árbol, cuando advierte la diferencia con el colegio privado al que envía a sus hijos. Ella observa que en las escuelas públicas lo docentes faltan y no pasa nada, porque a nadie le interesa. Percibe también, en cambio, que en las particulares un director no puede permitirse lo mismo, puesto que al recibir pago está obligado a la contraprestación.


Por último lo peor y en forma de dolorosa verdad estadística: apenas 30% de quienes estudian primaria en la “Manuel Antonio García” llegan hasta la universidad. No es una contabilidad oficial ni exacta, advierte el profesor Miquilena. Es, sí, una aproximación numérica que expresa la realidad observable de Cabure: 70% de quienes pasan por primaria, e incluso completan secundaria, no alcanzan la educación superior.

Pobreza, cuándo no. Porque hasta para estudiar en una universidad gratuita de Coro se precisan recursos que la mayoría de la gente de mi pueblo no tiene. Estudiar en esa o en otra ciudad implica costearse residencia, comida, materiales de estudio, transporte, etcétera. Eso por un lado y la misma necesidad, que obliga a trabajar, por el otro. Me consta por la cantidad de ex compañeros de liceo que al graduarse de bachilleres inmediatamente tuvieron que ocuparse de ganarse la vida. Cosa que, por cierto, hacen sin sentir frustración; pues de nada vale negar que el grueso de los estudiantes cabureños no llega a la universidad también por ausencia de motivación, por falta de aspiración, porque al no verle el sentido a continuar los estudios simplemente ni se lo plantean. ¿Y cómo van a querer volar si les han cortado las alas.


Nadie se antoja del infinito si no se cree capaz de llegar a él. Ahí está El Pájaro Serrano, guindando todo aporreado en la copa del bucare, por haberse creído capaz de surcar el cielo con unas alas postizas. Se le ve arreglándoselas para bajar entre las ramas y se le oye gritar que se encuentra bien, que no se preocupen, que muchas gracias a todos y que él regresa a su casa por sus propios medios.
Bien nada. Si hasta fracturas tiene. Bien nada. Para mí que está mal, aunque más del alma que de ese cuerpo de cuarenta y dos años. Se me hace que prefiere quedarse a solas con el pesar del sueño malogrado. A los ojos de la gente que se le acerca para auxiliarlo, esto que acaba de ocurrir en El Naranjito no es más que la estrepitosa ocurrencia de un personaje tocado del coco.


¿Cómo van a querer volar a la universidad los muchachos de Cabure si ni siquiera tienen unas alas de madera y cuero de vaca para al menos poder intentarlo? ¿Si lo que tienen como única opción, por pobres, es enseñanza deficiente y adoctrinadora?
Con estas preguntas inicio el descenso a las cinco impresiones finales de este documento, que es al mismo tiempo mi informe de arranque para seguir investigando:
Uno: De la educación pública no puede seguirse esperando más que fraude. Seguir creyendo, a estas alturas, que el Estado puede prestar este derecho con eficiencia es seguir creyendo en las ficciones que nos cuentan los políticos. Es seguir creyendo, por ejemplo, en la fantasía de que en el algún momento, vaya usted a saber cuándo, el Estado, el mismo que ha ocasionado la presente desgracia educativa de Cabure, va a poder garantizarle a la gente de mi pueblo una enseñanza de calidad.
Dos: La educación pública actual en Venezuela, en lugar de ser vehículo para la movilidad social, es condena inapelable a más miseria. La gente de mi pueblo lo sabe bien. Educación y pobreza como causa y efecto: no estudian porque son pobres y son pobres porque no estudian.
Tres: Tiene razón Canova, aunque me haya costado reconocerlo: No soy lo que soy, un graduado universitario, “gracias a” la educación pública, sino “a pesar” de ella. Y soy minoría, casi excepción. Soy del apenas 30% de los cabureños que llegan a la universidad, pero ya saben todo lo que me costó. Saben que si no hubiera sido por la visión y el esfuerzo amoroso de mi mamá en cada una de aquellas tardes de clases en casa, yo no me hubiera sentido capaz de llegar y dar la talla. José, Alexander y Anthonella pertenecen también a ese selecto 30% y ya saben cómo les va. ¿Debemos, mis amigos y yo, estar agradecidos con la educación pública? ¿Y qué debería agradecer la sociedad? ¿Qué sentencie al restante 70% a una vida de sombras y penurias?
Cuatro: Es posible una educación de verdadera calidad para los más necesitados, fundamentada en dos libertades: la de los padres escogiendo entre muchas opciones no estatales y la de los emprendedores de la enseñanza compitiendo para ofrecer el mejor servicio. De allí parte la propuesta que trabajamos en UeD, donde apostamos a que no quede ni un estudiante venezolano sin poder costear su colegio privado. En tal sentido, promovemos la implementación, probadamente exitosa en varios países, de los llamados cheques escolares. Y al mismo tiempo alentamos una conversación nacional sobre las formas y criterios para la eventual aplicación de este subsidio directo. En cualquier caso, el Estado siendo responsable de garantizar el derecho mediante el financiamiento de los referidos váuchers, con lo cual se preserva la gratuidad. El Estado participa, pero de manera limitada y excepcional, no como prestador ni docente.
Desde aquel domingo de 1868 no hubo más noticias sobre El Pájaro Serrano, más allá de su acrecentada fama de inventor loco. Se sabe que continuó dedicado por entero a sus otros ingenios. Hay quienes afirman que también se afanó en secreto, observando el vuelo de los gavilanes, a perfeccionar el diseño de un nuevo par de

alas que al final nunca usó. Mientras estuvo vivo nadie reconoció la verdadera significación de su arrojado intento. Es que a nadie allí, en el Cabure de hace 150 años, le cabía en la cabeza que un hombre pudiera volar como un ave. Nadie en el mundo lo había logrado. Y qué iban a estar sabiendo nada los buenos pero iletrados cabureños de aquella época de tierna ignorancia. Realmente había que estar loco, tener vacíos los aposentos de la cabeza, como Don Quijote de La Mancha, para acometer semejante empresa. Mi tatarabuelo vivió el resto de su vida sin recibir el más mínimo tributo, sin ningún homenaje. Fue casi cien años después, por allá por 1959, que la fascinante e incompleta historia de El Pájaro Serrano llegó a oídos de alguien en la Fuerza Aérea. La parte que llegó se consideró suficiente e indiscutible para conferirle el título de Precursor del Vuelo en Venezuela. Pienso en todo eso y pienso en que, aunque muy tarde, al menos la posteridad saldó su deuda de honor con Don Carlos Rivero Solar. Por eso pienso además en los tantos que en algún momento también se lanzaron a conquistas importantes, abrieron caminos, y sin embargo permanecieron ignorados o, peor aún, tenidos como dementes.
Y, bueno, tampoco puedo evitar pensar en los locos que, sin más armas que las ideas de libertad individual, se aventuran a luchar contra los gigantes de una dictadura comunista. Pienso en los grandes triunfos, pero pienso más en los pequeños. Pienso, por ejemplo, en las victorias cotidianas de esas familias venezolanas que están pagando lo que no tienen para procurarse la mejor enseñanza a su alcance. Pensar en todo eso es lo que me trae, finalmente, a inclinarme en reverencia frente a los padres que, sin más opción que la educación pública, se empeñan y logran echar a volar a sus hijos hacia el firmamento de la superación: Yo pude llegar de Cabure a la Ucab gracias a las alas de deseo y confianza que me dio mi mamá. ¿No es esa otra verdadera hazaña?


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El Pájaro Serrano murió a los setenta y ocho años, en 1904.
Ignoro si alcanzó a saber la gran noticia que, en 1903, protagonizaron los hermanos Wright.

Ángel Tajha

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