Adam Smith y una mano invisible en la educación
- 3 sept 2023
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Hace dos semanas fui al Colegio Humboldt de Caracas donde tuve un encuentro con 32 alumnos, de entre 11 y 17 aƱos de edad, que entrenan guiados por la profesora Johana Colmenares para participar en competencias del modelo de naciones unidas. EstƔn interesados en los derechos humanos y en la prƔctica, ya extendida, de enfrentar a otros equipos en simulacros dialƩcticos para su defensa.
Les pedĆ que formaran un amplio cĆrculo de pupitres para hora y media de charla socrĆ”tica. Fui a escucharles, no a hablarles. Mi interĆ©s era saber quĆ© pensaban ellos si echĆ”bamos mano, de la otra mano, la invisible, para satisfacer esos derechos.
Leyeron en voz alta este pasaje de Adam Smith:
"No es por la benevolencia del carnicero, del cervecero y del panadero que podemos contar con nuestra cena, sino por su propio interĆ©s. No invocamos sus sentimientos humanitarios sino su egoĆsmo; ni les hablamos de nuestras necesidades, sino de sus ventajas". (La riqueza de las naciones).
Pensaron, hablaron, debatieron, comprendieron, pronto llegaron a acuerdos, a conclusiones compartidas:
Es natural que cada quien busque su propio interĆ©s, pues cada uno tiene sus necesidades propias. Es razonable que cada uno procure alcanzar sus fines, que lo logre a travĆ©s de su ingenio y esfuerzo. Es comprensible que nadie quiera ser una carga para otro, y que todos busquemos alcanzar por nosotros mismos los bienes necesarios para vivir. Es una virtud y fuente de orgullo lograr ser independientes, incluso trabajar duro, para vivir con autonomĆa y prosperar. No hay nada de malo en buscar, honestamente, el interĆ©s propio.
Nadie asomó, siquiera, que esa bĆŗsqueda del interĆ©s propio del carnicero, panadero o cervecero fuera cuestionable, una muestra malsana de egoĆsmo o individualismo. MĆ”s bien, argumentaron que lo contrario, es decir, esperar de ellos cena gratis todas las noches serĆa abusivo e injusto. āUna frescuraā. Acotaron que una relación signada exclusivamente por la benevolencia de uno y la āfrescuraā de los otros serĆa insostenible en el tiempo. ĀæDe quĆ© vivirĆan, entonces, el carnicero, el panadero y el cervecero? ĀæPor cuĆ”nto tiempo podrĆan mantener a los demĆ”s sin contraprestación? ĀæPara quĆ© invertir, trabajar, producir en esas circunstancias?
Un sistema en el que cada quien pretenda el interĆ©s propio no solo es natural. TambiĆ©n es justo. MĆ”s aĆŗn, subrayaron varios, es lo óptimo. Por un lado, mantiene a las personas trabajando, ocupadas en ofrecer a los demĆ”s bienes y servicios que voluntariamente quieran adquirir. Por el otro, es beneficioso para todos, ya que, aunque no lo sepan, si no tuvieran tiempo o se dedicaran a otras actividades podrĆ”n confiar en que, al llegar a la carnicerĆa, a la panaderĆa o a la cervecerĆa, encontrarĆ”n a alguien atento para proveerles una cena, a cambio de un pago. Es una relación en la que todos ganan.
Luego leyeron este otro extracto de Smith, de La teorĆa de los sentimientos morales:
āPor mĆ”s egoĆsta que quiera suponerse al hombre, evidentemente hay algunos elementos en su naturaleza que lo hacen interesarse en la suerte de otros, de tal modo que la felicidad de Ć©stos le es necesaria, aunque de ello nada obtenga, a no ser el placer de presenciarla".
Todos los alumnos, absolutamente todos, se sintieron identificados. Expresaron que conocĆan bien esa sensación de preocuparse por el prójimo y que, a la vez, se alegraban al saber que los demĆ”s, sus amigos o desconocidos, estaban bien, eran felices. Coincidieron en que ayudar a otros era un motivo de satisfacción. Ratificaron que, cuando saben de los problemas, del dolor o sufrimiento de los demĆ”s, se compadecĆan y preocupaban. Nadie en la sala asomó siquiera que la felicidad de los demĆ”s los hacĆa infelices a ellos. Uno de los mayores se refirió en estos tĆ©rminos: la felicidad de los hombres no es un juego de suma cero, en el cual si uno gana hay otros que pierden.
No fue difĆcil, hubo un consenso amplio.
En ese momento, ya casi terminando la sesión, pude intervenir: Adam Smith acuñó un término que se ha hecho popular para explicar los efectos virtuosos de un sistema basado en esas reglas de cooperación voluntaria entre las personas. Esos efectos beneficiosos son guiados por una especie de mano invisible. Una sinergia obtenida sin planificación y sin que ninguna de las personas cooperantes se lo propusiera.
Ya habĆan escuchado esa metĆ”fora. Aseguraron que no era difĆcil de comprender.
Les comentĆ© que vengo estudiando, junto con un grupo de profesores y alumnos, la aparición de un orden espontĆ”neo educativo para niƱos de entre 6 y 16 aƱos, en particular en zonas muy pobres de Venezuela. Docentes buscando su propio interĆ©s, y ejerciendo su vocación de enseƱar, ofrecen tutorĆas individualizadas a los niƱos de sus comunidades, que sus padres pagan porque ven que sus hijos aprenden mĆ”s, que adquieren conocimientos Ćŗtiles, que se entusiasman con las clases, que muestran interĆ©s por el saber, que ganan en autoestima y seguridad. Todos ganan.
Seguidamente asomƩ la alternativa de hacer valer los derechos humanos sociales de ese modo: mediante acuerdos privados y libres, en lugar de insistir, como hemos hecho hasta ahora, en alcanzar tales objetivos por medio de la mano visible del Estado, es decir, a travƩs de las decisiones y actuar de los gobernantes.
Ya habĆa pasado la hora y media pautada. Era hora de irnos. Se marcharon pensando. Sus ideas sobre esta propuesta las sabrĆ© en la próxima sesión.
Antonio Canova GonzƔlez
(Publicado en Papel Literario, El Nacional, el 24 de junio de 2023)


